El cumpleaños más gris de la UE

Joscka Fischer, Jacques Chirac y Tony Blair en fotos del año 2000 cuando se negociaba la ampliación y el futuro de la UE. A la derecha, el Papa Francisco en mayo de 2016 agradeciendo el premio Carlomagno ante Merkel, Renzi, Juncker, Tusk y Schulz

La UE celebró su día, el 9 de mayo, el que conmemora la Declaración Schumann, rodeada por múltiples crisis: la de una economía que no levanta vuelo, la de una austeridad ineficaz incluso para control el déficit, la de una unión monetaria que es más problema que solución, la del referéndum británico para confirmar el Brexit, la de la penosa respuesta a la llegada masiva de refugiados. En realidad, todas las crisis forman parte de una sola difícil de bautizar y seguramente la más importante de su historia.

La capacidad de la UE para resolver sus crisis con soluciones creativas forma parte del relato de la integración europea. Han sido soluciones forzadas pero con el encanto del malabarista. Como la de aquellas imágenes del reloj detenido antes de las doce de la noche o de la procesión de Echternach en Luxemburgo (dos pasos adelante y uno hacia atrás), o esos instrumentos como el del cheque británico o los fondos de cohesión o las combinaciones de votos ponderados del Consejo, que salvaban negociaciones al borde de la ruptura.

Lo que hace diferente esta crisis de las demás es que hoy no podemos confiar en lo que era una constante de episodios anteriores: la  voluntad de todas las partes de ponerse de acuerdo para no poner en riesgo la UE. Hoy no está claro que exista esa red de seguridad.

Los medios de comunicación de toda Europa lanzaban ayer un lamento común por el estado de la UE. Nombres destacados del europeísmo (González, Cohn Bendit, Barnier y otros menos repetidos) lanzaban ayer un manifiesto, otro más, Para una nueva Europa lanzando seis propuestas que reclamaban una cultura ciudadana compartida, una iniciativa estratégica de seguridad y defensa de la ciudadanía, una respuesta coherente a los refugiados, un plan Juncker que funcione de verdad, soluciones más determinadas para el euro y ¡un Erasmus para alumnos de secundaria! Una lista difícil de rechazar pero llena de impotencia.

Quién tradujo mejor la sensación de estupefacción fue el Papa Francisco en su discurso de agradecimiento al recibir el Premio Carlomagno cuando se preguntaba ¿Qué te ha sucedido, Europa humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad? ¿Qué te ha pasado, Europa? Y evocaba a los padres fundadores de Europa y su audacia no solo por soñar la idea de Europa, sino porque osaron transformar radicalmente los modelos que provocaban violencia y destrucción. Se atrevieron a buscar soluciones multilaterales a los problemas que poco a poco se iban convirtiendo en comunes.

No caben miradas complacientes. Los manifiestos, los artículos de estos días, las bienintencionadas propuestas de retomar la senda yerran en el diagnóstico. No parece una crisis pasajera o derivada de la gran recesión. La UE nunca fue un proyecto neoliberal al servicio de los más poderosos aunque haya estado supeditado a las visiones y liderazgos políticos de sus Estados Miembros. Ni siquiera lo fue el euro, que contiene una genuina propuesta de desarrollo común y de integración. Pero la evolución reciente de la UE ha confirmado algunos de los vaticinios de los sectores  más críticos con la UE.

¿Cuándo fue que se malogró el proyecto europeo? En el año 2004. Fue el año de la ampliación, con sus prolegómenos en el Tratado de Niza y en el año 1999 cuando se aprobaban las previsiones financieras 2000-2006. No porque entraran países con intereses y tradiciones diferentes, de los que surgen hoy gobiernos y decisiones que nos espantan. Sino porque ganaron la partida los defensores de una Europea más amplia y menos profunda, librecambista, – bien representada por el discurso de Tony Blair en octubre del año 2000 en Varsovia, A superpower, but not a superstate.

La perdieron los que aspiraban a perseguir un proyecto inspirado en el federalismo y la supranacionalidad, representado en su versión más ambiciosa por el discurso de Joschka Fischer en la Humboldt University en Berlín el 12 de mayo del 2000From Confederacy to Federation. Thoughts on the finality of European integration.

En el 2004 la UE pasó de 15 a 25 Estados Miembros, que entraban con un retraso relativo mayor al de cualquier otra ampliación. Se especulaba con elevar el tope del presupuesto comunitario al 3% del PIB y algunos economistas reclamaban el 7%. Pero nos quedamos en poco más del 1%, el mismo que en la UE15. Las previsiones 2007-2013 reforzaron la contención presupuestaria y con ello la limitación de la profundidad de las políticas europeas. Confirmaron la ruptura del modelo y la fidelidad a sus raíces impidiendo estrategias conjuntas de desarrollo y limitando los incentivos para los nuevos miembros. Con la racanería presupuestaria perdimos también el principio de solidaridad interesada que sustentaba las políticas comunitarias.

Luego vino el fracaso del proyecto de Constitución Europea aprobado en aquel año 2004 pero de imposible ratificación en los años siguientes. El Tratado de Lisboa sirvió de parche pero desde ahí arrancó la creciente intergubernamentalidad del proceso y la debilidad del marco supranacional de decisiones compartidas.

No hizo falta esperar mucho para ver la peor cara del modelo torcido de la UE cuando las costuras mal cosidas del euro saltaron con la crisis y se impusieron las modalidades intergubernamentales de negociación de soluciones en forma de castigo a los países periféricos. La ineficacia de las políticas de austeridad nos hace añorar las raíces de la UE más que nunca. Y si la solidaridad ad intra no prospera, nada bueno podía ocurrir con la solidaridad con los demás. Aunque la crisis de los refugiados nos traslada un retrato devastador de la UE.

¿Qué hacer con la UE? Quizás hay que remontarse a 2004, recuperar la intensidad de las políticas y los principios del modelo europeo de integración. Para qué improvisar nuevas ediciones del Plan Juncker si podemos dotar las políticas escogidas con presupuestos similares en términos relativos a los que solían tener antes del 2000. Seguramente es buen momento para definir geometrías variables que condicionen el acceso a incentivos y políticas al compromisos con un integración más profunda. Lo que sea para evitar la transformación de la UE en un proceso de integración cualquiera.

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