Por supuesto que hay que celebrar el 60 aniversario del Tratado de Roma

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En el año 2005 se publicó “La idea de Europa” de George Steiner. Proponía cinco axiomas para definir Europa: el café; el paisaje a escala humana, las calles y plazas con los nombres de estadistas, sabios, artistas, escritores del pasado; la doble filiación con Atenas y Jerusalén; y la aprehensión ante la amenaza  del último capítulo, de la desaparición de Europa. Foto tomada de http://www.viena.es/es/somos/la-idea-de-europa-segun-george-steiner/

Por Pedro Caldentey

La UE celebra el 60 aniversario del Tratado de Roma entre presagios y malos augurios. Pocas cosas hay mejores que la integración en la historia de los últimos siglos de Europa. No hay duda, celebremos los años de lucidez y luces largas, sin ceder a los enterradores y a la frustración que nos provocan nuestros actuales e inanes liderazgos.

La idea de ver unida a gente tan diversa en torno a objetivos coincidentes es un fantástico logro, una cierta utopía. Sin necesidad de remontarnos a los padres fundadores, la intención de acercar las experiencias y esperanzas de 500 millones de personas tan diversas es un propósito digno del esfuerzo de unas cuantas generaciones. Lo que muestra este video elaborado por la Comisión Europea para el aniversario no es asunto baladí.

Pero seamos pragmáticos, que vivimos tiempos de angustias y luces cortas. La lista de beneficios de la acción común en Europa es larga y rica. No hablamos de algo del pasado que ha caducado. Salvo para recalcitrantes y poco informados, es difícl no ver los beneficios de la UE en mucho de lo que nos rodea cada día.

Vivimos tiempos complicados. La primera mitad del siglo XX fue apasionante y desastrosa a partes iguales. La del siglo XXI ha empezado igual. Los paralelismos  -particularmente  en lo que se refiere a los ismos- entre las dos épocas son preocupantes. ¿Por que no recurrir a la bella – y embellecida – narrativa de la creación de la UE? Está contada de forma muy sugerente en el largo documental  –Europe throgh the Generations– que sobre esos días ha elaborado el Consejo de la UE con los testimonios de los familiares cercanos de los fundadores. Quizás así nos evitamos recuperar la idea después de nuevas guerras, invasiones o cualquier otro ejercicio de autodestrucción.

Pero, ¡ay! la fiesta de Roma y su declaración, y todas esas banderas, con sólo 3 mujeres y esos hombres mayores y sus ternos oscuros, esas autoridades firmando declaraciones, toda esa retórica  presidencial y trascendente, tan contradictoria luego con la práctica, … Una fiesta que no convoca y alienta el desapego. No es el mensaje que parece hacer falta.

La carta de este 23 de marzo que Tsipras dirigió desde Grecia a Jean Claude Juncker (presidente de la Comisión) ilustra muy bien cómo se manifiesta el desapego desde algunos sectores de Europa. Tsipras, protestando por la dureza y prolongación de las medidas de austeridad exigidas a su país, dice “mientras nos preparamos para ir a Roma, le aseguro que a Grecia le gustaría celebrar, con sus socios, este sesenta aniversario… No obstante, para celebrar los logros de la UE, sería necesario saber si se aplican a Grecia. Si, en otras palabras, el acervo comunitario es válido para todos sus socios sin excepción o para todos menos Grecia”.  La respuesta de Juncker es, quizás inevitablemente, burocrática.  Si lo intenta, no consigue transmitir empatía. Es un lenguaje de rescates que no ofrece nada que Tsipras pueda usar ante su ciudadanía.

El propio Juncker se preguntaba hace poco ¿Quo vadis Europa? usando las palabras del Papa Francisco. Lo hacía para presentar el libro blanco sobre el futuro de Europa. Un texto my útil para el debate que ofrece cinco escenarios de futuro.  El primero, seguir igual, intentando cumplir su programa de reformas positivas. El segundo, centrarse gradual e únicamente en el mercado único. El tercero, permitir que los que desean hacer más, hagan más, el escenario de la Europa a varias velocidades que permitiría a los Estados miembros que lo deseen una mayor colaboración en ámbitos específicos. El cuarto, hacer menos pero de forma más eficiente, la los 27 se centrarían en aumentar y acelerar los logros en determinados ámbitos, interviniendo menos en los demás. Y el quinto, hacer mucho más conjuntamente en todos los ámbitos, el escenario de la profundización de la integración.

Es un plan interesante para el debate, centrado en la estrategia. Pero como han señalado entre otros Dani Rodrik o la ex-Ministra de Exteriores española Ana Palacio, no es una respuesta suficiente.

La crisis de la UE tiene varios frentes. Alguno tiene claves exclusivamente comunitarias. Pero el Brexit o el desapego de muchos ciudadanos frente al proyecto europeo no es sólo producto de sus fallos. Forma parte de un paquete más amplio de frustraciones derivados de la condición de Europa como una región decllinante y perdedora en la globalización. Forma parte también de los cambios sociales y políticos que la presión de la Cuarta Revolución Industrial provoca en algunos de los sectores económicos y sociales que explica mejor nuestro actual y amenazado bienestar.

La incapacidad de la UE para perfilar la propuesta neoliberal y sus excesos de final de ciclo ha sido un factor clave de esta crisis. La desaparición del eje de la democracia cristiana y la sociademocracia en un confuso eje conservador-socialista ha conllevado también la desaparición de los equilibrios que explicaban el estado europeo del bienestar y alienta las opciones rupturistas o populistas.

La confianza ciega en la austeridad y el errado diagnóstico de la crisis del euro como un problema Norte-Sur o de la quiebra institucional de la UE como un problema Este-Oeste, son síntomas de que la UE dio la espalda a sus principios hace un par de décadas.

El incumplimiento de sus promesas es lo que ha provocado la ruptura actual en el marco de una crisis más amplia. Resulta que el euro sí era, como decían sus críticos a final de los noventa, un proyecto neoliberal, que invocaba al dios de la estabilidad y del crecimiento, y no al del empleo y el bienestar. El proyecto debe ser corregido.

La ampliación, a principio del siglo, invocaba la unidad de Europa pero sólo quería un mercado más amplio. Si no, hubiéramos aumentado el presupuesto comunitario con la ampliación de los 10 primeros nuevos socios. Hicimos lo contrario, bajamos el límite máximo de aportaciones al presupuesto.

Nuestros líderes invocaban al futuro común, a la esperanza de una Europa con impacto positivo en la sociedad global. Pero al responder a la crisis con esa concepción unidimensional de la austeridad y con la ciega resistencia a entender el problema de los refugiados, han roto los principios de solidaridad intrarregional y extrarregional que han sido claves en la construcción de la UE desde el Tratado de Roma.

El escenario de la Europa de las múltiples velocidades, ya ensayado en Schengen o en el euro, parece el escenario de futuro más probable. En la reunión reciente de Fointeneblau, los 4 países más grandes de la UE -con España sustituyendo a la ya ausente UK-  optaban claramente por él . Incluso el siempre escéptico The Economist lo hace en su informe sobre el aniversario.

El escenario de que los quieran hacer más, hagan más, debe estar marcado por una mayor corresponsabilidad y solidaridad financiera, por más profundidad de la acción conjunta en temas seleccionados donde la supranacionalidad sea eficiente, por mejores y más dotados instrumentos de política. Pensando en una UE de círculos concéntricos donde la mayor contribución sea compensada con mayores beneficios o incentivos.

En cualquier caso, si el problema es un asunto de principios rotos o traicionados, el futuro está en recuperarlos, en volver al café de Steiner. Y eso es lo que celebramos con este 60 aniversario del Tratado de Roma.

@PedroCaldentey

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